A veces recibimos quejas, reproches o incluso regañinas de personas que consideran que la actuación pública de la federación o la confederación no es la apropiada  o se sienten atacados.

A raíz de la reunión convocada por el Consejero de Educación el miércoles 3 de junio, donde cada grupo expuso sus preguntas, necesidades, protestas y propuestas, tras la  intervención en la misma de los representantes de Familia recibimos alguna dura crítica del sector sindical del profesorado que consideramos fuera de lugar.

Consideramos oportuno responder abiertamente a la carta de un profesor, llena de reproches indignados y que nos señala con el dedo, porque no entiende nuestras propuestas que, esperamos no en vano sean atendidas, porque en definitiva queremos que el derecho a la Educación de nuestros hijos e hijas sea garantizado.

CARTA ABIERTA A UN PROFESOR ENFADADO

Estimado profesor:
Lamentamos que se sienta usted ofendido por la exposición de los hechos que hemos realizado y que interprete usted que, con nuestra solicitud de apertura de los centros, se pretende poner en riesgo SU seguridad. Se equivoca. Nos preocupa tanto o más su seguridad. Porque de ella depende que no se contagien nuestros (permita que le cite) vástagos.

Aceptamos su declaración de que se ha esforzado mucho en este periodo, pues sabemos que muchos maestros han intentado trabajar y ayudar a sus alumnos, pero también tenemos constancia de que otros no lo han hecho. Como bien saben todos los padres y madres que conformamos el sector que representa a las familias, desde las AMPAS, Federaciones y la Confederación, es muy ingrato nuestro deber de tener que reprochar cuando algo no se hace bien, más, si cabe, cuando esto afecta al futuro académico de nuestros hijos e hijas. Igual que no es de recibo que paguen justos por pecadores, lo es aún menos que los pecadores se escondan tras los justos.

Está claro que ha habido todo tipo de actitudes y formas de trabajar y esto se ha debido a esa “voluntariedad” sin control que ha tenido la educación en este tiempo. En la otra parte de las líneas han estado nuestros hijos e hijas, que a veces han recibido calor y ayuda y otras, demasiadas, han recibido las consecuencias de que su profesorado no sabía cómo
ejercer su trabajo en estas circunstancias y optó por cargar al alumnado de trabajo, o que no aceptó la opción de realizar su tarea de otra forma y simplemente abandonó al alumno, eso sí cumpliendo estrictamente la tarea burocrática de publicar en alguna página web o enviar un simple correo electrónico con una serie de deberes o recomendaciones sin ningún otro contacto.

Todo esto ha existido, lo bueno, lo malo y lo peor, y nuestros hijos e hijas han estado al otro lado del canal de comunicación recibiendo, a menudo, todas las actitudes a la vez y, a su lado, familias, que en la mayoría de los casos no sabían qué hacer con toda aquella confusión. Al tiempo que soportan, (aún ahora), la carga del desempleo como una pesada losa sobre nuestras cabezas, o trabajar en remoto y cuidar, además de enseñar.

Entendemos su temor a reiniciar la actividad en los centros y que esto le lleve a plantearse que no se reinicie, pero entonces la opción es … no lo sabemos. De hecho, no sabemos muchas cosas salvo una, que no hacer nada es ya un desastre.

No olvidamos el hecho de que estamos hablando de nuestros hijos e hijas, así que comprenda que nos sentimos un tanto ofendidos cuando se insinúa que estamos dispuestos a ponerlos en riesgo. Nuestra solicitud no es que volvamos a los centros masificados, pero si es que se empiecen a plantear soluciones y que esto sea ya, antes de que nuestros hijos e hijas se «estropeen de tanto guardarlos.»

En referencia a la posibilidad cerrar nuevamente colegios porque se produzcan nuevos contagios, creemos que entre lo que sabemos y lo que no, hay que aceptar que en cualquier lugar donde se reúnan dos o más personas puede haber un rebrote. Como se citó en la reunión en la que estábamos todos, aun pareciendo mentira que haya que decirlo en voz alta, hay que asumir que el riesgo cero no existe, siempre va a existir. Y no lo dijimos solo las familias, otros representantes en el Consejo Escolar de Canarias expresaron esta misma idea.

No se nos ocurre exigir la seguridad absoluta, pero tampoco aceptamos de ninguna manera que se plantee no hacer nada, y si hay necesidad de volver a cerrar un centro, tenemos que aceptar que eso habrá que hacer. Y luego habrá que aprender de ello y volver a intentarlo. Le ruego que no olvide que hablamos como padres, madres y responsables de los menores y que cualquier de nosotros estaría dispuesto a arriesgar la vida antes de arriesgar el bienestar de sus hijos e hijas.
Nos habla de la dificultad de conseguir que los más pequeños se atengan a las normas de seguridad. Tenemos claras las circunstancias que pueden producirse con niños de escasa edad y que es muy difícil pedirles que mantengan unas normas, ni los adultos somos capaces de mantenerlas tan estrictamente como decimos, pero hay maneras de hacer las cosas cuando hay voluntad. A lo que no estamos dispuestas familias es a negar a nuestros hijos e hijas la vida y la educación a que tienen derecho en nombre del miedo.

Lamentamos que se haya usted enfadado tanto, sobre todo porque creemos que su enfado se debe más a lo que entendió que se dijo y no a lo que se dijo realmente. Y lamentamos aún más que siendo maestro diga al final de su carta que no acepta más que una disculpa por nuestra parte y que no admite ni argumentos ni diálogo.

Me apena pensar que un profesor que se llama a sí mismo maestro diga tales cosas. Por nuestra parte, aunque no podemos satisfacer su solicitud de disculpas, no queremos dejar de exponerle nuestros argumentos y ofrecerle la mano abierta del diálogo.

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